Madrid.- Proteger la salud mental de los corresponsales de guerra es una urgencia global. Expertos y periodistas proponen medidas clave para evitar el trauma: formación especializada, protocolos de acogida al regresar y romper el silencio sobre el impacto psicológico en las redacciones.
Según un estudio de la Universidad del País Vasco, más de la mitad de los periodistas españoles en zonas de conflicto presentan síntomas de estrés postraumático y tres de cada diez ya han recibido un diagnóstico clínico.
Unas cifras alarmantes comparadas con el 3% al 8% de la población general y el 10% al 20% en militares, según explicó a EFE la catedrática de Psicología Social de la Universidad de Burgos, Silvia Ubillos.
Pese a la dureza de los datos, los profesionales en primera línea confirman esta realidad oculta tras los titulares.
Vivir en alerta constante
“Te acostumbras a la violencia y terminas asumiendo el peligro extremo como parte de tu día a día”, explica el corresponsal de EFE en Irán, Jaime León.
León relata que convive diariamente con controles militares, falta de medidas de seguridad básicas y un agotamiento físico y mental derivado de la ausencia de descanso y el estrés crónico de cubrir un conflicto.
A pesar de la carga, muchos ocultan su malestar: “Estoy agotado y estresado, soy consciente del daño psicológico, pero el volumen de trabajo no te deja espacio para procesarlo», confiesa.
Desde Israel, el corresponsal Guillermo Azábal comparte esta realidad. En su caso, la situación le obligó a parar temporalmente debido a una bajada de defensas causada por el estrés acumulado.
“Las primeras semanas tu cuerpo se mantiene en modo alerta máxima por la adrenalina, pero el desgaste es inevitable”, asegura.
Otros profesionales, como el reportero gráfico Miguel Ángel de la Fuente o la periodista Rosa Meneses, han encontrado en el enfoque profesional y en el sentido de su labor una válvula de escape para canalizar el dolor extremo.
Según Ubillos, estos periodistas viven en un estado de hipervigilancia permanente, con el cuerpo bloqueado en modo supervivencia, lo que genera un desgaste profundo que, a menudo, los medios pasan por alto.
Protocolos urgentes de salud mental
Para mejorar el bienestar psicológico, Meneses insiste en la necesidad de asistencia profesional antes, durante y después de cada cobertura informativa.
Un diagnóstico compartido por la investigadora Leire Iturregui, quien urge a los medios a implementar protocolos de acogida y seguimiento clínico obligatorio para los enviados especiales.
Además de la atención psicológica, los expertos exigen eliminar el tabú sobre la salud mental en las empresas periodísticas, garantizando que el coste humano no sea asumido individualmente por el profesional.
“No podemos permitir que quienes se juegan la vida para informarnos carguen solos con las secuelas psicológicas de la guerra”, sentenció la experta.
Adiós al mito del héroe invulnerable
Es necesario desterrar el mito del periodista de guerra como alguien invulnerable y resiliente, un estereotipo que, según Azábal, impide pedir ayuda y normaliza el sufrimiento extremo.
Asimismo, la precariedad laboral emerge como la mayor amenaza para la integridad de los informadores, siendo el principal factor de riesgo psicológico.
Azábal denuncia que la brecha salarial y la falta de cobertura en medios hispanos frente a los anglosajones exponen a los periodistas a condiciones indignas que agravan su vulnerabilidad.
Porque, como concluye Ubillos, para seguir contando la realidad del mundo necesitamos proteger la salud mental de quienes tienen el valor de ir al frente para contárnosla.























