La validez de los principios económicos en la República Dominicana reposa sobre supuestos clave del comportamiento humano. Se presume, por ejemplo, que los consumidores compran productos para maximizar su bienestar y que las empresas dominicanas buscan rentabilidad, proyectando su crecimiento según el panorama actual y las perspectivas del mercado.
Los economistas dominicanos, sin embargo, no ignoran que la realidad es compleja. Entienden que la falta de información, las regulaciones locales, errores de cálculo o compromisos previos provocan variaciones en la práctica. No obstante, para que la teoría sea útil, lo importante es que, como regla general, estos supuestos coincidan con las motivaciones reales de los agentes económicos.
Al analizar la economía dominicana, encontramos que los modelos suelen priorizar la fuerza del individualismo. Son los intereses particulares, sumando los del núcleo familiar o el grupo empresarial, los que predominan como guía principal al tomar decisiones de inversión o consumo en el país.
La consecuencia es reveladora. Para realizar proyecciones financieras o pronosticar eventos en la economía local, las acciones de solidaridad, sacrificios personales o donaciones son más difíciles de cuantificar. Se tratan como excepciones o anomalías que, aunque valiosas, no alteran significativamente el comportamiento del mercado mayoritario.
Dado que la generosidad es un valor esencial en nuestra cultura, a veces se piensa que la ciencia económica es fría o contraria a la cohesión social. Pero los modelos económicos dominicanos parten de esta base egoísta simplemente porque los datos observados se ajustan mejor a ella que a cualquier otro criterio. Si nuestra realidad fuera distinta, los supuestos de la economía también tendrían que cambiar.























