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El 16 de mayo de 1966, el Partido Comunista Chino publicó la circular que marcó el inicio de la Revolución Cultural, una década de caos, cambios radicales y traumas profundos. Este periodo, conocido en China como WenGe, buscaba erradicar las tradiciones para instaurar el maoísmo como ideología absoluta, desencadenando una lucha de clases que cambió para siempre el destino de la nación.
Semanas después, los guardias rojos, impulsados por Mao Zedong, iniciaron una ola de disturbios que desmanteló el Estado y la economía. La violencia dejó una huella imborrable: quema de libros, destrucción de reliquias y linchamientos públicos. [Nota del editor: Las cifras son inciertas por la falta de transparencia, pero expertos estiman que la Revolución Cultural provocó entre 400.000 y 20 millones de muertes].
Los primeros años fueron los más devastadores, señala Xue, un ciudadano que investiga la historia reciente. Le inquieta el contraste entre la ideología de la época y la realidad política, como la histórica visita de Richard Nixon a China en 1972, donde el líder maoísta estrechó la mano del símbolo del capitalismo global. Es una contradicción histórica que sigue generando debate en la sociedad china.
Xue destaca que la falta de educación pública sobre este trauma ha provocado un vacío de memoria, especialmente en la preservación del patrimonio. Al recorrer provincias como Shanxi buscando templos antiguos salvados de la destrucción, descubre cómo muchos sitios históricos fueron reutilizados y así lograron sobrevivir, revelando que en las zonas rurales la violencia fue distinta a la de los centros urbanos.
Memoria histórica y silencios oficiales
En 1991, el PCCh calificó la Revolución Cultural como un error de juicio, trasladando la culpa a grupos contrarrevolucionarios. Pese a esto, la imagen de Mao sigue presente en la cultura cotidiana de China, desde negocios locales hasta la Plaza de Tiananmen, manteniendo viva una iconografía que sigue siendo objeto de controversia.
El legado de esta convulsa etapa histórica no es uniforme; se fragmenta entre quienes vivieron el fervor revolucionario y quienes sufrieron sus consecuencias más brutales.
La señora Li, de 70 años, recuerda esos años con una visión compleja. A los 14 años, se unió a los guardias rojos y recorrió China, sintiendo una extraña libertad. A pesar de que su familia fue perseguida, ella valora el tiempo que trabajó en el campo junto a los campesinos, una experiencia que califica como formativa. Para ella, el periodo fue una moneda de dos caras: una mezcla de dolor extremo y aprendizaje humano.
Por el contrario, el señor Zhang, de 69 años, prefiere el silencio. Perdió a dos familiares durante la represión y considera que callar es la única forma de gestionar un dolor que sigue siendo una herida abierta en la sociedad.
A las puertas del 60 aniversario de este acontecimiento, los testimonios revelan la tensión entre la política oficial de evitar el conflicto y la necesidad ciudadana de recordar. La censura y el paso del tiempo amenazan con enterrar los relatos de los últimos supervivientes, convirtiendo la memoria de la Revolución Cultural en un terreno en disputa entre el olvido impuesto y la verdad vivida por el pueblo chino.























