Con el paso de los años, el consumo de noticias ha dejado de ser un proceso pausado para convertirse en una experiencia inmediata y constante. Este cambio responde a la explosión de las redes sociales en República Dominicana, que han pasado de ser simples espacios de entretenimiento a plataformas clave para informarse sobre lo que ocurre en el país y el mundo.
En este escenario, la juventud dominicana se posiciona como el principal consumidor de estas herramientas digitales, lo que abre el debate: ¿estamos realmente mejor informados o nos estamos exponiendo a contenidos sin verificar?
Este fenómeno se sostiene en un contexto de alta conectividad. De acuerdo con la Oficina Nacional de Estadística (ONE), a través de la Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples (ENHOGAR-2024), el 94.7% de los hogares dominicanos dispone de al menos un teléfono celular, con una ligera diferencia entre zonas urbanas (95.3%) y rurales (91.4%). Esta amplia disponibilidad de dispositivos confirma que el acceso a la tecnología móvil es parte esencial de la vida diaria en nuestro país.
En la misma línea, el estudio revela que el 78.6% de la población de 5 años o más posee un celular propio. Este acceso es equilibrado entre hombres (78.3%) y mujeres (78.9%), con una penetración consolidada en zonas urbanas (79.7%) y un crecimiento constante en las zonas rurales (72.4%).
Este acceso masivo se traduce en una intensa actividad digital. Un informe del Centro de Análisis y Estudio de la Comunicación (Caesco) señala que existen alrededor de 7.9 millones de identidades activas en redes sociales en el país, mayoritariamente jóvenes de entre 25 y 34 años. Esto evidencia una transformación radical en nuestros hábitos informativos.
¿Cómo se informan los jóvenes dominicanos?
A nivel de comportamiento, un sondeo realizado por el equipo de elDinero a jóvenes de entre 15 y 27 años revela que el 40% de los encuestados utiliza las redes sociales entre tres y cinco horas al día, mientras que un 30% afirma dedicar más de cinco horas diarias a navegar, confirmando que las plataformas digitales son hoy nuestra principal fuente de información.
En este contexto, el consumo de noticias suele ser incidental. Los jóvenes no siempre buscan la noticia, sino que el contenido aparece mientras navegan en Instagram o TikTok, las aplicaciones favoritas en el país. Esta dinámica prioriza la inmediatez por encima de todo.
De hecho, el 90% de los encuestados aseguró enterarse de lo que ocurre en el mundo a través de las redes sociales. Solo una minoría aún recurre a la televisión o periódicos tradicionales, lo que confirma un desplazamiento masivo hacia los entornos digitales.
La frecuencia es clave: el 70% de los encuestados consume noticias diariamente en sus feeds, prefiriendo videos cortos y publicaciones rápidas. Sin embargo, la credibilidad es un punto crítico. La mayoría indicó que solo confía a veces en lo que ve. Aunque el 75% asegura verificar antes de compartir, un 25% admite haber difundido noticias falsas o fake news sin intención, demostrando que la desinformación sigue siendo un gran reto.
Pese a este panorama, los medios tradicionales mantienen su valor como fuentes confiables y complementarias. Los usuarios reconocen que, aunque las redes ofrecen inmediatez, también traen consigo riesgos como la falta de rigor, el exceso de ruido informativo y la viralidad por encima de la precisión.
Tendencia global en el consumo de noticias
De acuerdo con el Instituto Reuters y la Universidad de Oxford, los jóvenes de 18 a 24 años han cambiado drásticamente sus preferencias: si en 2015 el 36% prefería ir directo a sitios web o apps de medios, para 2025 esa cifra cayó al 24%. Ahora, el 39% prefiere informarse directamente en redes sociales.
En esta nueva era, Instagram (30%), YouTube (23%) y TikTok (22%) reinan, desplazando a Facebook. Además, los jóvenes admiten prestar más atención a los creadores de contenido (51%) que a los periodistas tradicionales (39%). En cuanto a intereses, temas como ciencia, tecnología, salud mental y entretenimiento ligero ganan terreno frente a la política tradicional, consolidando un estilo de consumo mucho más casual y menos intencionado.






















