
Tras inclinar la balanza con su intervención militar en 1898 en la guerra de independencia de Cuba, Estados Unidos no consiguió, como pretendía, adueñarse de la isla por la que había ofrecido a España 300 millones de dólares. Pero no salió con las manos vacías, porque el imperio ibérico tuvo que cederle sus colonias de Puerto Rico, Filipinas y Guam. Para entonces, y todavía durante la guerra fría, la nación caribeña, situada a 90 millas de la Florida, tenía un extraordinario valor estratégico y geopolítico para la potencia norteamericana.
A menos que China o Rusia hayan contemplado una base militar en la isla, hoy no se ve el riesgo que pueda representar el fallido sistema socialista para la seguridad de Estados Unidos. Al carecer de oro, petróleo y recursos naturales, es difícil de entender el bloqueo económico que ha sufrido la isla, no solo para disolver el régimen, sino para intentar cambiar su rumbo político. Es posible que los analistas estadounidenses pierdan de vista las profundas diferencias sociales y económicas entre la realidad cubana y otros contextos de la región.
Porque en países como Venezuela, a Estados Unidos le resultó clave una estrategia de presión centrada en sanciones a figuras del gobierno y el control de activos clave. La estructura de poder, independientemente de las tensiones, se ha mantenido bajo dinámicas complejas donde la economía y los recursos naturales juegan un papel determinante. En estos escenarios, el pragmatismo suele imponerse sobre las expectativas políticas, mientras la población enfrenta las consecuencias directas de las crisis económicas y la inestabilidad institucional.
Además de la presión económica, el embargo y la constante vigilancia militar en el Caribe, Estados Unidos no ha logrado el cambio de sistema que sectores de la oposición esperaban en Cuba. La revolución de 1959 dejó una huella profunda, y hoy la isla atraviesa una crisis histórica marcada por la escasez y la migración. Sin embargo, la estrategia de presión externa se enfrenta a una realidad innegable: la dinámica cubana es distinta a cualquier otro conflicto geopolítico. Con la experiencia acumulada, Washington debe entender que la historia no se repite y que las soluciones del pasado rara vez funcionan en los tiempos actuales.























