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Por Franz Flores Castro
A seis meses de asumir el mando, la presidencia de Rodrigo Paz enfrenta una crisis política explosiva que pone en jaque la estabilidad de Bolivia. Desde hace tres semanas, bloqueos masivos liderados por la Central Obrera Boliviana mantienen cercada a La Paz, marcados por saqueos y violencia extrema que exigen la renuncia inmediata del mandatario. El país vive horas críticas donde el futuro de la democracia boliviana pende de un hilo.
¿Por qué estalló el conflicto? Analizamos tres claves. Primero, la crisis de representación: las elecciones de 2025 dejaron un mapa político fragmentado, con un MAS debilitado tras las candidaturas de Eduardo del Castillo y Andrónico Rodríguez, y un masivo 19,8% de votos nulos impulsados por Evo Morales.
El segundo factor es el colapso económico. Tras la gestión de Luis Arce, que cerró con una inflación del 20,40% y una fuerte contracción del PIB, el gobierno de Paz intentó estabilizar el país con un polémico decreto de diciembre de 2025 que duplicó los precios de la gasolina y el diésel. La falta de medidas compensatorias para los sectores más vulnerables encendió la mecha del descontento social que hoy desborda las calles.
En tercer lugar, la desconexión política de Rodrigo Paz con sus propias bases. El mandatario no logró tender puentes con las organizaciones sociales de La Paz y El Alto, bastiones del MAS, optando por un discurso confrontativo que tachó al gobierno anterior de Estado cloaca. Esta incapacidad de diálogo con el sector popular ha dejado al ejecutivo sin interlocutores clave en el momento más difícil.
¿Qué sigue en este tablero político? La protesta parece confinada a La Paz y El Alto, mientras el resto del país mantiene una tensa calma. Además, el vandalismo y el desabastecimiento han generado un creciente rechazo en la población, que ve con malos ojos una movilización sin un liderazgo claro ni una propuesta política alternativa.
Aunque el gobierno de Paz resiste con maniobras de desbloqueo y control de daños, la situación es extremadamente frágil. La renuncia es el pedido maximalista de las calles, pero el gobierno sigue firme. Gobernar hoy en Bolivia es una carrera contra el tiempo: el desenlace de esta crisis definirá si la democracia boliviana sobrevive al caos actual.























