
El día de ayer se hizo viral el video de la 77.ª graduación de la Universidad Abierta para Adultos (UAPA), recinto Nagua, donde la recién graduada Nathalis Zorrilla sorprendió a todos al arrodillarse y pedirle matrimonio a su novio, José Pérez, en plena ceremonia de investidura. El momento generó un intenso debate en las redes sociales dominicanas.
A simple vista, podría cuestionarse si una ceremonia académica era el escenario ideal para una propuesta de este tipo o si se respetaron los protocolos. Sin embargo, esa no fue la verdadera discusión que inundó las plataformas digitales en República Dominicana.
El debate estalló cuando miles de usuarios reaccionaron al gesto de la joven, y lo más llamativo fue que gran parte de las críticas provenían de otras mujeres. Frases como: “Eso es una humillación”, “Las mujeres deben ubicarse”, “Ese paso le corresponde al hombre”, “Las princesas no se arrodillan”, o incluso comparaciones virales como “Prefiero pintar el Monumento de Santiago con un esmalte” o “Prefiero secar el mar con una cuchara”, dejaron en evidencia una mentalidad marcada sobre los roles de género en nuestra sociedad.
Nathalis explicó que su pareja, José Pérez, fue quien la motivó a ingresar a la universidad y quien la acompañó durante todo el proceso académico, brindándole apoyo constante hasta graduarse. Hoy, al obtener su título en Psicología, ella quiso aprovechar el escenario ante los presentes para expresar su agradecimiento y amor a quien considera el pilar fundamental de su formación profesional.
Lo curioso de la situación es que pocos se detuvieron a analizar la historia detrás de ese momento. Según comentarios, el joven fue un apoyo clave durante la carrera de Nathalis: acompañándola en sus noches de desvelo, brindándole respaldo emocional, económico y siendo un sostén durante su meta académica. Aunque nadie conoce la intimidad de la pareja, queda una pregunta válida: si un hombre puede arrodillarse ante miles de personas para pedir matrimonio y recibir aplausos, ¿por qué una mujer que hace exactamente lo mismo es señalada o juzgada?
No se trata de imponer cómo deben ser las relaciones, sino de cuestionar la doble moral con la que medimos un mismo acto dependiendo de quién lo realice. En un país que avanza hacia la igualdad, resulta paradójico que expresar el amor sea visto por algunos como debilidad o falta de amor propio.
El verdadero empoderamiento consiste en permitir que cada quien elija cómo vivir su historia sin ser juzgado. Quizá el problema nunca fue la propuesta de matrimonio, sino los prejuicios y las expectativas sociales que seguimos arrastrando. Si un acto es romántico cuando lo hace un hombre, pero criticado cuando lo hace una mujer, el debate real no está en la rodilla que tocó el suelo, sino en la mentalidad que aún nos falta superar.























