Crecí a principios de los años noventa, en una realidad que compartían muchas familias dominicanas: había limitaciones económicas, sí, pero nunca nos faltó lo esencial. Éramos pobres, sin disfraces de clase media, aunque en casa siempre hubo dignidad, comida y el empeño de mis padres por echarnos hacia adelante.
Mi familia era la típica de la época: papá, mamá y cuatro hijos. Mi padre trabajaba como colmadero y luego «chiripero», vendiendo frutas en un triciclo que se convirtió en parte de nuestra historia familiar. Recuerdo que salía de madrugada y regresaba de noche.
Mi mamá, en cambio, hacía de todo un poco desde la casa: rifas, venta de chulitos, helados de fundita y yaniqueques. Lo que apareciera para completar el dinero del hogar. Mi papá le preparaba la masa y los jugos.
Fue precisamente vendiendo yaniqueques en Los Girasoles II donde comenzó el pequeño emprendimiento familiar que, con el tiempo, se transformó en un puesto de empanadas y jugos, desayunos y, posteriormente, un comedor. Mis hermanos y yo ayudábamos cada mañana antes de ir a la escuela. Y, aunque el trabajo era duro, mis padres tenían una regla clara: el estudio nunca podía descuidarse.
Entre una empanada y otra aprendí mucho más que a trabajar. Aprendí el valor del trabajo honrado, la importancia de la unión familiar y, sobre todo, a no sentir vergüenza por salir adelante. Pero también, sin saberlo, mis padres me dieron mis primeras lecciones de finanzas personales. Y aunque ambos me enseñaron muchísimo, hoy quiero resaltar el legado de mi mamá, Felicia Acosta, en este mes de las madres.
Mi madre nunca tuvo la oportunidad de estudiar cuando era niña, pues mi abuelo priorizaba el trabajo sobre la educación. Sin embargo, ella decidió romper con esa historia. Ya casada y con hijos, iba de noche a una escuela pública para aprender a leer y escribir. Quizás en ese momento no medía la magnitud de su esfuerzo, pero hoy lo entiendo: nos enseñó que las barreras no son definitivas y que siempre se puede empezar de nuevo, incluso cuando parece tarde.
Por eso nunca faltamos a la escuela. Ni al liceo. Mucho menos a la universidad. Todavía recuerdo su emoción el día de mi graduación. No solo porque fui la primera de sus hijos en obtener un título universitario, sino porque me gradué con honores (Magna cum laude). Ese día entendí que los sueños de una madre también se cumplen a través de sus hijos.
Otra gran enseñanza fue la importancia de la independencia financiera. Mi mamá siempre decía que una mujer debe tener la capacidad de sostenerse por sí misma, no por competencia, sino para vivir con libertad, paz mental y autonomía.
Y tenía razón. Muchas mujeres permanecen en relaciones dañinas por falta de recursos propios. Según datos de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), miles de dominicanas han sufrido violencia económica. Por eso, generar ingresos propios no solo da estabilidad: también da poder de decisión y dignidad.
Guarda pan para mayo: la clave del ahorro
Mi mamá también repetía mucho una frase que, con los años, cobró total sentido: «Guarda pan para mayo». En otras palabras: ahorra cuando puedas, porque las dificultades llegan sin avisar. Hoy, como madre de dos niños, entiendo perfectamente esa sabiduría. Tener un fondo de emergencia o el famoso «calvito», pero planificado, nos ha permitido enfrentar situaciones difíciles sin poner en riesgo nuestra estabilidad familiar.
Aunque los tiempos han cambiado y la vida ahora es distinta, con nuevos retos digitales y económicos, hay enseñanzas que siguen intactas. Las madres dominicanas tienen una habilidad innata para administrar el hogar, estirar el presupuesto y mantener el equilibrio entre las necesidades y los sueños.
Sin darse cuenta, mis padres me enseñaron educación financiera con frases sencillas que todavía resuenan en mi cabeza: «Arrópate hasta donde la sábana te dé», no por conformismo, sino para no gastar más de lo que ganas. «De grano en grano, llena la gallina el buche»: el ahorro es la clave para alcanzar metas; lo importante es crear el hábito, por pequeño que parezca.
Una de las frases que más repetía mi mamá, y que siempre me pareció jocosa pero muy realista, era: «aprendan, mis hijos, que no serviré para semilla». Con ella nos recordaba la importancia de capacitarnos y aprender oficios que permitan generar ingresos y enfrentar el futuro con independencia.
Otras lecciones de vida
- Estudio. Mi mamá siempre decía que nadie puede quitarte lo que aprendes. Prepararte y adquirir conocimientos es la mejor inversión para crear oportunidades.
- Trabajo digno. No importa cómo empieces, sino la honestidad con la que trabajes. Todo esfuerzo honrado merece respeto y es el camino seguro a la superación.
- Disciplina. Cumplir con tus responsabilidades, incluso en los días difíciles, es lo que diferencia a quien logra sus metas de quien se rinde.
- Unión familiar. Cuando todos colaboran en casa, los problemas pesan menos. El apoyo mutuo es la base de la prosperidad familiar.
- Ser independiente. Aprender a valerse por uno mismo brinda seguridad y libertad para tomar decisiones. La independencia económica fortalece la autoestima y protege el bienestar.
- Austeridad. Mis padres me enseñaron que no hace falta aparentar para tener valor. Vivir con sencillez y autenticidad es una riqueza silenciosa que te da tranquilidad.























