![]()
El peligroso narcisismo de los líderes mundiales ha alcanzado niveles sin precedentes. Para ejercer el poder hoy, muchos presidentes no solo buscan control político, sino que se proyectan como figuras cuasi-divinas. Gracias a la inteligencia artificial y las redes sociales, estamos viendo una preocupante tendencia: mandatarios que se autoproclaman salvadores con tintes mesiánicos, rompiendo toda norma de protocolo y secularismo.
El caso más reciente involucra a Donald Trump y su polémica disputa con el Papa. Mientras el Vaticano aboga por la paz global, el entorno de Trump ha respondido con duras críticas teológicas. Lo más llamativo fue la difusión de imágenes generadas por IA donde el expresidente aparece vestido con túnicas divinas, realizando milagros o siendo abrazado por Jesús. Aunque el contenido fue retirado, la estrategia de proyectar una imagen mesiánica en su base electoral sigue vigente.
En Latinoamérica, el culto a la personalidad no es nuevo, pero ha dejado huellas profundas. Recordamos a Eva Perón, cuya figura mística fue explotada como una verdadera religión popular. Como bien señaló Jorge Luis Borges, el peronismo combinó tácticas propagandísticas con fábulas para consumo de masas, creando una liturgia política que perdura en la historia argentina.
Otro ejemplo extremo fue Hugo Chávez en Venezuela. Su uso del poder rozó lo ritual y lo grotesco, desde la exhumación de los restos de Simón Bolívar transmitida al mundo para validar su propio liderazgo, hasta su actuación como sacerdote en misas televisadas donde buscaba identificarse con la figura del Nazareno mientras enfrentaba su propia enfermedad. El líder se convertía así en el nuevo objeto de devoción nacional.
Política y religión: un cóctel explosivo
Esta convergencia entre fe y gobierno alimenta hoy los conflictos más graves del planeta. En Irán, el régimen teocrático chiita utiliza una narrativa escatológica para justificar una guerra apocalíptica contra Occidente, buscando acelerar el fin de los tiempos. Mientras tanto, en Israel, sectores radicales del gobierno de Netanyahu promueven un mesianismo nacionalista extremo, con agendas expansionistas fundamentadas en interpretaciones religiosas del territorio.
Asimismo, el gobierno de Narendra Modi en la India ha consolidado una agenda que fusiona el nacionalismo con el hinduismo, generando tensiones crecientes contra las minorías religiosas y sus vecinos. La modernidad no logró separar la Iglesia del Estado; por el contrario, parece que estamos regresando a épocas donde la teología se usa como arma de guerra.
Desde los discursos de George Bush tras el 11 de septiembre hasta el resurgimiento de los populismos extremos, la política global se ha teñido de una espiritualidad tóxica. Michel Foucault, en 1978, advirtió sobre el peligro de la «espiritualización de la política» al analizar la revolución islámica en Irán. Tenía razón: cuando los líderes se creen dioses, el resultado nunca es la paz, sino el caos, la inestabilidad y la confrontación ideológica que amenaza la democracia en el siglo XXI.























