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En la República Dominicana donde nacimos y crecimos, durante los 12 años de Joaquín Balaguer, la vida de los jóvenes pendía de un hilo. En aquella época dictatorial, leer era peligroso; salir a la calle con un libro bajo el brazo era un acto de rebeldía, pues la lectura estaba bajo vigilancia constante, aunque no existiera un decreto oficial, la prohibición se sentía en el ambiente.
Desde los órganos represivos enviaban el mensaje: cuidado con lo que lees. Era la sociedad del miedo dominicano. Esto fue lo que viví. De esto quiero hablarles hoy.
Mi abuela, María Belén Sención, vivía aterrada por mi seguridad. Para protegerme, cuando recrudecían los allanamientos y la represión policial en los barrios, mi madre, María Reyes, y ella recogían mis libros, los echaban en una maleta y salían corriendo a buscar la guagua de don Mayía o la de Amadito Galván.
Se llevaban los libros a El Corozo, el campo donde nací, para esconderlos en la casa de origen. Yo me quedaba escondido junto a mamá o con mi tío Leónidas, quien por su cargo político, era un ciudadano fuera de sospecha para el régimen de Balaguer.
Regresada la calma, yo regresaba al Corozo y, contra los deseos de mi abuela que quería mantenerlos a salvo, traía de vuelta la maleta con los libros. Eso se repitió tantas veces que perdí la cuenta. Muchos de mis libros se perdieron en ese ir y venir entre el campo y la ciudad.
El temor de la vieja Belén era que la policía allanara mi casa, ya bajo vigilancia de calieses, y encontrara libros de autores prohibidos; por eso uno podía terminar preso o incluso perder la vida, como ocurrió con el poeta Salvador Santana, quien sufrió prisión por el simple hecho de leer.
Yo no fui un lector precoz, pero amaba los libros. Antes de cumplir 18 años, ya había leído a Neruda, El Quijote, La Madre, Así se Templó el Acero, la Ilíada, la Odisea, las obras de William Shakespeare y aquel texto fundamental que iluminó mi visión social: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Algo inusual para un joven campesino de familia humilde.
José Danilo Domínguez fue clave para orientar mis lecturas; gracias a él conocí la filosofía de los marxistas alemanes, la economía política y la historia, profundizando en la poesía rusa y europea.
Obras como Conversación en la catedral, Rayuela, Cien años de Soledad y La Casa Verde, eran temas de debate en mis tertulias con Magnolia Suazo, Guillermo Piña Contreras y Cassandro Fortuna.
Cuando visitaba Santo Domingo, la Librería Nacional era mi refugio; allí, el historiador Franklin J. Franco, al verme siempre buscando entre las estanterías, se me acercó y establecimos una gran amistad.
Acumulé libros a pesar del desespero de madre y abuela que me decían: hijo, no leas tanto, que te volverás loco o la policía te llevará preso.
Vivía en la calle Mariano Rodríguez Objío, frente a una Logia, donde mis tíos habían tenido una fábrica de puros. Incontables veces fui detenido por la policía en la calle solo para revisar el libro que llevaba bajo el brazo.
– Párate ahí, déjame ver ese libro – me decían, y si para ellos el contenido era peligroso, el riesgo de ser apresado era inminente.
Cuando la represión contra los estudiantes dominicanos arreciaba, las casas eran allanadas y los libros encontrados se convertían en prueba de delito. Muchos pagaron con sus vidas su amor por la libertad de pensamiento.
Con frecuencia camino por el Parque Mirador Sur y veo los homenajes que le hacen a Joaquín Balaguer, y me pregunto: ¿cuántos años más tendremos que esperar para que sean derribados los símbolos que honran a un tirano que persiguió y diezmó a toda una generación?
El autor es poeta.























