El reverendo padre Candelario Mejía Brito afirmó que el grito de Jesús al exclamar “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46), no fue una muestra de desesperación, sino un potente símbolo de triunfo ante la crisis.
En el tradicional Sermón de las Siete Palabras, el religioso conectó este pasaje bíblico con la realidad dominicana, denunciando el abandono que sufren los ciudadanos por parte de las autoridades encargadas de garantizar la seguridad nacional.
Expresó que hoy más que nunca, el pueblo se siente desamparado, señalando que los únicos obligados a sacrificarse siguen siendo los más pobres, quienes ven cada vez más lejos cualquier posibilidad de una mejora en su calidad de vida.
Feligreses se reúnen en la Catedral Primada de América durante el Sermón de las Siete Palabras en Viernes Santo.
El padre Mejía destacó la precariedad que enfrentan los jóvenes dominicanos, quienes son juzgados por su apariencia o estilo de vida. Señaló que, al igual que Jesús, muchos jóvenes tienen motivos de sobra para cuestionar por qué han sido olvidados por el sistema.
El religioso también denunció la crisis laboral que afecta a la juventud, donde a pesar de los esfuerzos, los empleos son mal remunerados o los jóvenes terminan siendo víctimas de explotación.
Ante la falta de oportunidades, lanzó un duro cuestionamiento a la sociedad: Si Jesús confiaba, ¿en quién pueden confiar nuestros jóvenes hoy en día o hacia quién pueden clamar justicia?
La Iglesia Católica reflexiona sobre los problemas sociales del país en el Sermón de las Siete Palabras.
En su intervención, arremetió contra el Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (Intrant), señalando que las altas tasas de mortalidad en accidentes de tránsito reflejan una educación vial inexistente, limitándose la institución a actuar solo por fechas conmemorativas.
¿Quién piensa en los más vulnerables?, preguntó el religioso, refiriéndose a los indigentes, los enfermos y todos aquellos que carecen de protección y seguridad en las calles dominicanas.
Finalmente, invitó a los presentes a no perder la esperanza, exhortándolos a elevar su grito ante el Señor, con la convicción de que el desamparo humano es una angustia escuchada y que la fe puede ayudarles a recobrar la confianza.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?























