Actuar con datos reales significa entender lo que pasa, analizar la información y tomar decisiones para cambiar las cosas.
Las estadísticas de salud son mucho más que números: nos dan una radiografía de cómo vive nuestra gente, para que las autoridades puedan aplicar medidas, dirigir acciones y ejecutar programas que realmente importan.
El análisis de la información oficial a menudo se limita a comparaciones superficiales con otros países, sin ir al fondo ni entender lo que las cifras realmente esconden.
La tasa de mortalidad infantil, definida como la cantidad de bebés que no llegan a su primer cumpleaños por cada mil nacidos vivos, es más que un dato. Es un espejo que refleja las verdaderas condiciones de vida de nuestros niños y destapa la cruda desigualdad en el acceso a la salud.
Una alta tasa de mortalidad infantil grita que hay problemas estructurales que amenazan la vida desde que nace. Detrás de cada muerte infantil, rara vez hay solo un problema médico; más bien, hay una triste acumulación de factores: pobreza extrema, falta de servicios básicos, atención médica deficiente, bajo nivel educativo familiar, y desnutrición, entre otros.
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Hoy celebramos una tasa de mortalidad infantil con cifras récord en décadas, un promedio de 15.92 por cada mil nacidos vivos. Pero, ¿esta cifra nos cuenta la historia completa del país? ¿Tenemos datos por provincia? Este promedio, lamentablemente, esconde graves brechas territoriales y sociales.
Mientras en las zonas urbanas y con recursos las cifras son mejores, en nuestras comunidades rurales y marginadas la situación es dramática. En República Dominicana, algunos niños mueren simplemente por nacer en el lugar «equivocado» o por enfrentar circunstancias sociales que no deberían existir.
La mortalidad infantil es un indicador vital de los determinantes sociales de salud. Preguntar quiénes fallecen y cómo viven esos niños —en relación con el acceso a agua, servicios sanitarios, comida segura, atención médica, educación o la condición migratoria de sus padres, sobre todo de sus madres— son preguntas incómodas, pero cruciales para un análisis real y sin tapujos.
La mortalidad infantil grita las desigualdades y nos obliga a cuestionar si un crecimiento económico que no se traduce en bienestar social para todos es realmente un avance. No basta con ver el problema solo desde lo biopsicosocial: necesitamos la justicia en salud, un pilar de la bioética y las políticas públicas que exige equidad en el acceso a servicios médicos para todos.
Es urgente que el Estado priorice la equidad en salud, que las comunidades se involuven activamente en el monitoreo de estos datos y que el sector privado apoye iniciativas de desarrollo social, para evitar que más niños mueran por causas absolutamente prevenibles.
Sabemos que la reducción constante de la mortalidad infantil en las últimas décadas es gracias a decisiones inteligentes que debemos mantener y potenciar. Invertir en atención primaria, educación para madres, nutrición, viviendas dignas, mejoras en saneamiento y protección social salva directamente las vidas de nuestros niños, y requiere monitoreo constante para mejorar cada día.
Un niño o niña que muere por causas prevenibles es un gran fracaso como sociedad. Y una sociedad que busca ser justa no puede ni debe normalizar esta tragedia.
Autora: Dra. Claudia Scharf. Médico pediatra, profesora y directora de la Escuela de Medicina UNPHU
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