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Franz Flores Castro/Latinoamérica21
La detención de Nicolás Maduro por comandos estadounidenses el pasado 3 de enero, su extradición a Estados Unidos por cargos de narcotráfico y el respaldo de Washington a un nuevo mando liderado por la chavista Delcy Rodríguez no son un simple evento diplomático.
La incursión militar —que desplegó fuerzas norteamericanas en suelo venezolano para la extracción del mandatario— sacudió el tablero geopolítico y evidenció que, más allá de la libertad, la prioridad estratégica de Donald Trump era el control total de los hidrocarburos. El objetivo real de la Casa Blanca era anular el suministro de petróleo venezolano hacia China.
Resulta impactante que la nueva derecha regional haya celebrado este golpe más de lo que ha cuestionado sus formas. Se ignora que el chavismo sigue operando bajo un esquema de servidismo ante potencias extranjeras, una sumisión comparable a las dictaduras militares que azotaron la región en los años setenta.
Simultáneamente, Trump presionó a México para suspender el envío de crudo a Cuba. Inesperadamente, la presidenta Claudia Sheinbaum aceptó, provocando un apagón energético en la isla y una crisis interna sin precedentes. La derecha latinoamericana aplaudió a Trump, asegurando que esto marca el colapso definitivo del régimen castrista.
Sin embargo, se analiza poco la catástrofe humanitaria en Cuba, intensificada por el bloqueo económico y la falta crítica de combustible. Es peligroso comprometer la supervivencia de una población bajo una estrategia de asfixia energética extrema.
Por otro lado, Nayib Bukele, presidente de El Salvador, ejecutó detenciones masivas contra pandillas como táctica de seguridad nacional. No obstante, surgieron alertas sobre sus intenciones reales: establecer una autocracia para perpetuarse en el poder. Hoy existe paz en las calles salvadoreñas, pero bajo un régimen autoritario severo. La nueva derecha festeja este modelo, pero pocos cuestionan el sacrificio de la soberanía y los derechos civiles por seguridad.
Existe la narrativa de que el control en Venezuela, la crisis en Cuba y el sistema de Bukele son etapas necesarias para alcanzar una libertad plena. Se proyecta que, tras la caída de los tiranos y la estabilización regional, surgirá una democracia de prosperidad y paz absoluta.
Pero el panorama es incierto, pues a Donald Trump no le interesa exportar democracia. Su verdadera contienda no es contra las dictaduras latinas, sino una guerra comercial y estratégica contra China y Rusia, los rivales que realmente desafían su hegemonía.
Recientemente, Trump convocó a líderes aliados como Javier Milei, Daniel Noboa, Nayib Bukele y Rodrigo Paz para pactar el freno a la inversión de China en América Latina. Sin embargo, cumplir este acuerdo será un desafío financiero enorme, considerando que los capitales chinos en la región superaron los 600.000 millones de dólares en 2023.
Una cosa es la sintonía política con Trump; otra muy distinta es romper los lazos económicos con el gigante asiático.























