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Sahasranshu Dash y María I. Puerta Riera / Latinoamérica21
El inminente fin del mandato de Nicolás Maduro es interpretado globalmente como el colapso definitivo de un sistema político agotado. Tras décadas de crisis económica, éxodo masivo, represión y fraude electoral, la caída del chavismo parecía cerrar la era iniciada por Hugo Chávez en 1999. Para millones de venezolanos, la interrogante era clara: ¿podría existir un escenario más crítico que el actual?
Sin embargo, la geopolítica advierte que el derrocamiento de un dictador no garantiza la libertad, sino que marca el inicio de su etapa más volátil. Venezuela se suma a la lista de naciones, como Irak o la Rusia postsoviética, donde la salida del autócrata no trajo estabilidad ni una democracia consolidada de inmediato.
América Latina aporta lecciones clave. La transición pactada en Chile protegió las instituciones del Estado y sometió a los militares, aunque a cambio de una justicia lenta. El Perú post-autoritario sufrió inestabilidad política, mientras que Nicaragua muestra el peor camino: una revolución que derrocó una dictadura solo para instaurar un nuevo régimen totalitario.
Este riesgo acecha a Caracas. Expertos como Guillermo O’Donnell y Adam Przeworski señalan que la democracia real requiere reglas institucionales aceptadas por todos. Cuando los regímenes caen por presión internacional, el poder suele reorganizarse bajo cúpulas armadas o tecnócratas impuestos desde el exterior, ignorando la voluntad popular.
Venezuela no parte de cero
El régimen de Maduro ha carecido de legitimidad democrática real. La manipulación de los votos en 2013 y el fraude electoral de 2018 marcaron su declive. La elección presidencial de 2024, donde la oposición demostró su victoria con actas verificadas, sepultó su credibilidad. Al negar los resultados, el chavismo confirmó que su única base de poder es la fuerza bruta.
La emergencia humanitaria, con salarios de hambre e hiperinflación, eliminó cualquier margen de negociación política sensata.
En este entorno, el deseo de un cambio drástico es total. Pero la Venezuela post-Maduro está fragmentada. Años de tiranía dividieron el control entre altos mandos, servicios de inteligencia extranjeros,
colectivos armados y redes de economía sumergida, una estrategia diseñada para evitar golpes de Estado internos.
Estos factores de poder no se evaporan con la salida del líder. Un colapso repentino podría romper los pactos que contienen una violencia mayor. Casos como Irak demuestran que desmantelar el Estado genera vacíos ocupados por insurgencias, mientras que en Libia, la falta de sucesión institucional disolvió la nación.
Estados Unidos, con una influencia decisiva en la transición venezolana, parece temer estos precedentes. En lugar de una ruptura total, Washington ha mostrado tolerancia hacia figuras del antiguo régimen para evitar el caos estatal, incluso si eso significa postergar las demandas de la oposición democrática.
¿Orden geopolítico o democracia real?
El papel de la Casa Blanca refleja la tensión entre los valores democráticos y sus intereses estratégicos. Aunque el discurso oficial defiende la libertad y la lucha contra el narcotráfico, decisiones recientes priorizan la estabilidad energética y regional. Este enfoque de estabilidad política sobre soberanía popular es un patrón conocido.
Históricamente, la modernización bajo regímenes autoritarios aliados de Washington ha sido presentada como un paso previo a la democratización. En algunos países funcionó, pero en otros, solo sirvió para atornillar dictaduras duraderas bajo una fachada de orden.
El actual liderazgo interino venezolano ha sido comparado con estos modelos tecnocráticos. Mientras unos celebran la recuperación macroeconómica parcial, otros advierten que sacrificar la rendición de cuentas puede crear instituciones extractivas que solo favorezcan a nuevas élites económicas.
El dilema de Venezuela se asemeja más a los ciclos de inestabilidad de Perú o a la advertencia de Nicaragua sobre cómo los cambios bruscos pueden derivar en nuevas formas de control absoluto.
El petróleo sigue siendo el eje político central. Aunque el crudo venezolano sea pesado y el mercado global avance hacia energías limpias, su control sigue definiendo las negociaciones de alto nivel. El fin de los subsidios a Cuba y el distanciamiento de China alteran su peso geopolítico.
Pese a esto, la renta petrolera sigue dictando el futuro. Históricamente, el petróleo ha frenado el pluralismo, incentivando la lucha por el botín del Estado en lugar de fortalecer la transparencia económica.
La paradoja es total: el petróleo influye políticamente incluso cuando pierde valor material. La nacionalización de 1976 y el derrocamiento de líderes en Irán por el control del crudo demuestran que este recurso marca los límites del cambio político permitido por las potencias externas.
El espejo de Irán
Esta crisis resuena en todo el mundo. Tras el impacto a la cúpula del régimen iraní por ataques externos, Teherán enfrenta la misma duda: si el sistema colapsa, ¿habrá democracia o un nuevo autoritarismo tutelado? Al igual que en Venezuela, sectores de la oposición prometen estabilidad a cambio de apoyo internacional.
Venezuela es una advertencia global: cuando los intereses externos priorizan la previsibilidad sobre la participación ciudadana, las transiciones cambian de gobernantes pero no de sistema.
La reconstrucción de la democracia
Los momentos de quiebre liberan una energía política masiva. Sin instituciones que la canalicen, esa fuerza puede ser destructiva. Pero las transiciones que solo buscan el orden corren el riesgo de blindar nuevas mafias en el poder.
La democratización exitosa ocurre cuando la movilización popular se convierte en leyes duraderas y el poder político acepta límites institucionales infranqueables.
Latinoamérica tiene una profunda vocación democrática. Lo que suele faltar es el tiempo y la autonomía política para construir instituciones sin presiones externas que privilegien el negocio sobre el derecho humano.
La pregunta para Venezuela y la región no es cuándo terminará la dictadura, sino bajo qué reglas nacerá el nuevo sistema. De ello depende si el país avanza hacia la libertad o simplemente cambia de opresor.























