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Por Manuel Alcántara
Los tiempos actuales imponen un agresivo show mediático de la política. Si el ejercicio del poder siempre tuvo una fuerte dosis de marketing del conflicto a través de diferentes algoritmos, hoy esto no puede ser diferente aunque las tendencias se vean distintas. Las fake news, el discurso de odio, la traición institucional, la ausencia de límites, el juego grotesco y el delirio político han configurado habitualmente el panorama viral sin que dejen de estar presentes las actitudes positivas de sus oponentes. Un contrapunto hoy vigente. No obstante, es bien sabido que la narrativa negativa parece terminar siendo la tendencia predominante.
Los últimos tiempos han definido un marco de crisis de polarización cuyo carácter viral, cuando se correlacionan con la reacción de la audiencia, ha sido evidente. Predicar con el ejemplo ha constituido un hashtag muchas veces reivindicado y en pocas ocasiones aplicado.
En la medida en que las formas de comunicación en la era de las redes sociales se trastocaron, la relación establecida por Niklas Luhmann entre continente y contenido se vio hackeada. Los líderes tienen hoy mecanismos de aproximación a las masas que son autónomos, inmediatos, directos y de impacto global. Por su parte, la gente consume vorazmente noticias segmentadas y clickbait de duración mínima sin validar su origen ni contrastar el relato. El efecto es perverso y deforma cualquier tipo de sistema político establecido. La superposición de todo ello establece un marco de referencia donde lo exhibido en pantallas cimenta las pautas por las que camina la política actual.
Los ejemplos se acumulan y su impacto es brutal.
En diciembre, el vicepresidente de Bolivia Edmand Lara, elegido en un binomio liderado por Rodrigo Paz, se declaró “oposición constructiva” al Gobierno. Su discurso es un claro caso de traición constitucional que se suma a una forma de actuación populista según la cual sus intereses están por encima del obligado respeto a la fórmula, indisoluble, votada mayoritariamente por la ciudadanía.
Nayib Bukele inauguró un nuevo proyecto de construcción de una mega cárcel de máxima seguridad en Costa Rica, a menos de tres semanas de las elecciones presidenciales de este país donde el aumento de la inseguridad y el narcotráfico han sido una preocupación central para el electorado. El gobierno salvadoreño brinda asesoría técnica al proyecto penitenciario basado en su modelo CECOT mientras el gobierno de Rodrigo Chaves afirma que el nuevo Centro de Alta Contención del Crimen Organizado (CACCO) tendrá un costo de 35 millones de dólares con capacidad para 5.100 reclusos. El marketing viral del miedo y de la supuesta eficacia autoritaria se impone gracias a una campaña de comunicación magistralmente elaborada.
Donald Trump, quien en una rueda de prensa acababa de humillar a su par francés con una burda imitación de su acento, sentenció sin vacilar ante la pregunta del New York Times acerca de los contrapesos del poder: “Mi único límite es mi moralidad”. Algo que, según ese criterio, avala todo tipo de abuso de poder y arroja a la basura la reivindicación de Max Weber de conjugar la ética de la convicción con la ética de la responsabilidad política.
Jerome Powell, portador de la visión weberiana y presidente de la Reserva Federal, sufre en persona el bullying político presidencial por supuestos sobrecostes de la reforma de la sede. Powell ha esgrimido de forma rotunda que “lo público debe prevalecer sobre la arbitrariedad del presidente”. Un sólido argumento hoy cancelado por el populismo.
Antes de la agresión del 3 de enero, que culminó con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, y de la muerte de cien personas, el pasado septiembre el Pentágono utilizó una aeronave secreta para simular un avión civil en su primer ataque contra un barco que, según la administración estadounidense, transportaba drogas. La aeronave llevaba sus municiones ocultas, lo que constituye un escándalo internacional llamado «perfidia». Al menos cien personas más perdieron la vida en los meses siguientes.
Una encuesta publicada por The Economist el 13 de enero señalaba que los venezolanos también están indignados con la asunción como presidenta encargada de Delcy Rodríguez a quien Trump respalda abiertamente. Una opinión pública que ella desprecia como puso de manifiesto en su discurso a la Nación ante la Asamblea Nacional.
Mientras que el 13% tiene una opinión favorable de Rodríguez, solo un 10% está de acuerdo con que complete el mandato de Maduro hasta 2031. Se encuentra 30 puntos por detrás de María Corina Machado a quien Trump niega su apoyo en el futuro político venezolano y que, a pesar de ello, Machado protagoniza una actuación vergonzosa al regalarle su galardón en una ceremonia que debe caer en el olvido. Poco después, el primer ministro noruego Jonas Gahr Støre confirmó que recibió un mensaje de Donald Trump en el que este reclamaba «el control total de Groenlandia» porque «Noruega no me concedió el Premio Nobel de la Paz».
Que Machado, ninguneada por el propio Trump, se sumara al show constituye otro jalón en la secuela de gestos y actos cuyo carácter ejemplarizante resulta nefasto. Este serial engrosa la lista de factores que gestan la desconfianza por doquier que pavimenta el nuevo orden de vasallaje digital. Sin embargo, las palabras de Mark Carney, primer ministro canadiense, en Davos contrarrestan el desaliento al encabezar la oposición moral y política al trumpismo global.























