![]()
Por Fabián Echegaray
Uno de los mitos más virales sobre el pueblo brasileño entre latinoamericanos y extranjeros es su legendaria alegría de vivir y un carácter sumamente fiestero y social. Pero ¿qué sucede cuando son los propios brasileños quienes desmienten estas creencias?
Un estudio revelador de la consultora Market Analysis, realizado sobre una muestra representativa de 1.000 adultos, descubre que más de uno de cada tres brasileños (un 35,2%) sufre soledad siempre o muy a menudo. A este dato se suma un 6% que no logra expresar sus sentimientos, una falta de respuesta que, en casos de emociones negativas como el abandono, suele señalar sentimientos pesimistas. En total, ese 41% de personas que padecen un impacto afectivo ante el aislamiento muestra una fragilidad psicológica incompatible con el concepto de felicidad y cordialidad tradicionalmente asociado al gigante sudamericano.
Expertos sociólogos ya cuestionaban el mito de Brasil como una sociedad emocionalmente integrada analizando las cifras de violencia social o desigualdad. Hoy se suma a esa crítica una dimensión más íntima: la fractura emocional del individuo, que vive su aislamiento como un vacío moral. Ya no es el sujeto masificado en una multitud solitaria como se describía el siglo pasado. La soledad actual es una tendencia que construye una identidad negativa, desmoralizada y paralizante.
Radiografía de la soledad extrema
La soledad es hoy la nueva pandemia silenciosa, especialmente en el hemisferio norte, una crisis que ha forzado la creación de ministerios de soledad en países como el Reino Unido, Japón y España. Datos de Gallup en 2023 indicaban que, en promedio, un 23% de los adultos consultados se sintieron incómodamente solos recientemente. En Estados Unidos, el porcentaje de personas con abandono social saltó del 31% al 53% en pocos años. De hecho, las autoridades de salud de EE. UU. ya declararon la soledad como una plaga, y la OMS la calificó como una amenaza a la salud global.
La globalización de este fenómeno, que golpea con fuerza en Brasil, sigue una lógica estructural: la crisis se agrava en los sectores económicamente vulnerables, evidenciando una relación directa entre bajos ingresos y desconexión social. En Brasil, la sensación de soledad es el doble (casi el 47%) entre las clases bajas (clases C2/D/E) que entre los ciudadanos de élite (clase A). A la precariedad económica se le suma una profunda fragilidad emocional.
La exposición de grupos específicos, como las mujeres (11 puntos más que los hombres) o personas con menor nivel educativo, confirma que las vulnerabilidades se acumulan. La sobrecarga de tareas femeninas anula las posibilidades de vida social. En el caso de baja escolaridad, la lucha por la supervivencia diaria elimina las opciones de ampliar redes de apoyo.
A diferencia de estudios anteriores, existen brechas generacionales impactantes. Investigaciones de la AARP señalan a los mayores de 45 años como un grupo crítico. Sin embargo, en Brasil son los jóvenes quienes más sufren este sentimiento, anticipando un futuro de generaciones emocionalmente desconectadas. La brecha de soledad entre jóvenes de 18 a 24 años y mayores de 65 es del 50%: el sentimiento afecta al 45% de los jóvenes frente al 30% de los adultos mayores.
¿Qué dispara esta crisis de soledad?
El análisis sociológico ayuda a entender el entorno, pero no la narrativa personal. Esa historia suele culpar a fallas individuales o factores fuera de control.
El debilitamiento de lazos comunitarios es una causa sistémica clave. Pero también el uso excesivo de tecnología, redes sociales, la ruptura familiar y el consumismo digital condicionan el aislamiento. En Brasil, las causas de la soledad se atribuyen mayoritariamente al sistema (61%) por encima de las decisiones personales (26%).
El impacto letal de la epidemia de soledad
El abandono social se asocia históricamente al deterioro de la salud física y mental (menor esperanza de vida, depresión y riesgos neurológicos). Algunos ven soluciones en mascotas o inteligencia artificial, pero no siempre son integraciones sociales efectivas y tienen costos inalcanzables para los sectores pobres.
Los efectos negativos de esta tendencia son profundos. La soledad masiva se vincula con la radicalización política y la desconfianza general. El estudio de Market Analysis indica que los brasileños solos se sienten más inseguros, confían menos en la democracia, son pesimistas y viven su conectividad digital de forma abrumadora y sin control.
Con millones de personas aisladas involuntariamente, Brasil es protagonista de un fenómeno global desconcertante: la implosión emocional de nuevas generaciones marcada por la tristeza, en lugar de una explosión creativa para mejorar el mundo.























