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María Eugenia Luarca/Latinoamérica21
A veces el sistema funciona así: una persona advierte por décadas desde la trinchera que el colapso ambiental se acerca pero el poder ignora el grito. Hasta que una tarde llegan expertos con datos, métricas, sellos oficiales, y anuncian, con cara de primicia, que la crisis climática es real. Entonces estallan las tendencias, los comunicados, las cumbres mundiales. Y quienes resistían miran desde el territorio como diciendo: no faltaba ciencia, faltaba voluntad política.
Esta semana ocurrió un giro histórico. Más de 150 gobiernos aprobaron un informe que valida lo que los pueblos originarios y la justicia ambiental vienen denunciando: la dictadura del crecimiento medido en PIB está aniquilando la biodiversidad. No es una teoría; es una sentencia oficial del IPBES —la autoridad científica global sobre naturaleza— aprobada en plenaria, con actas y relevancia mediática, que el mainstream ahora califica de revelación cuando es, en realidad, un reconocimiento tardío de lo evidente.
Lo que se presenta como hallazgo científico expone, sobre todo, una brecha de poder sistémica: quién tiene la autoridad para definir el conocimiento. Porque esta verdad —que el extractivismo a toda costa destruye la vida— no nació en laboratorios de Europa ni en los despachos del poder; nació en comunidades que llevan generaciones advirtiendo que un modelo económico que devasta ríos, selvas y suelos no es progreso, es una amenaza existencial. Pero el mundo solo reacciona cuando la alerta llega con infografías de lujo y validación institucional.
El informe recuerda que toda la economía global depende de servicios ecosistémicos gratuitos que el capitalismo ignora: agua pura, polinización natural, equilibrio climático. Y señala que medir el éxito con un indicador que omite estos activos vitales es una ceguera corporativa, una ficción contable que disfraza la destrucción ambiental como ganancia neta.
Mientras tanto, el flujo del dinero —el motor del sistema— sigue financiando el ecocidio. En 2023, US$7.3 billones alimentaron actividades que destruyen la biosfera, mientras solo US$220 mil millones se usaron para regenerarla: una brecha abismal de 30 a 1.
No es un error de cálculo: es una decisión política
Y ahí surge la verdad incómoda: la hipocresía gubernamental. Porque muchos de los estados que firman estos pactos verdes son los mismos que desmantelan leyes ambientales, mantienen subsidios al carbono o criminalizan a los guardianes de la tierra.
Pero esta crisis no ocurre al azar: sucede en una economía de acumulación extrema donde la riqueza se concentra a velocidad récord. En 2025, el patrimonio de los multimillonarios creció tres veces más rápido que la economía real. En América Latina, la élite financiera aumentó a 109 personas, con una fortuna de US$622,900 millones, superando el PIB combinado de potencias regionales como Chile y Perú.
Mientras esa élite acumula capital, quienes defienden la vida pagan el precio más alto. En 2024, 146 activistas ambientales fueron ejecutados o desaparecidos, siendo el 82% víctimas en América Latina. Colombia lidera la tasa de letalidad, mientras Guatemala disparó sus cifras de violencia contra defensores.
La violencia es una herramienta del modelo extractivo. En la región, el 1 % más rico concentra más riqueza que el 90 % de la población, mientras la mitad más pobre sobrevive con migajas. En este escenario, proteger un río o un bosque es enfrentarse directamente a intereses corporativos que ven la naturaleza como un activo financiero y no como nuestro hogar.
A pesar de todo, las comunidades que resisten aparecen ahora en los informes del IPBES como figuras clave de conocimiento ancestral, esenciales para la supervivencia global.
En esta crisis late una oportunidad de transformación
Cuando el sistema que siempre despreció estos saberes empieza a citarlos, el relato dominante se agrieta. Y cuando una narrativa cae, es el momento de escribir una nueva historia de desarrollo sostenible.
Este es el punto de inflexión: la lucha por una nueva narrativa. No es solo ecologismo, es cambiar la definición de prosperidad y futuro. Es la oportunidad para que el relato deje de justificar el saqueo y empiece a proteger la vida.
Cinco claves para este cambio de paradigma:
1. Del PIB al bienestar planetario
Si el crecimiento infinito es insostenible, la nueva brújula debe ser la salud del agua, la fertilidad del suelo y la resiliencia climática. El IPBES alerta sobre riesgos financieros sistémicos, abriendo la puerta para que la economía del cuidado sea el nuevo sentido común.
2. De la ética empresarial a leyes vinculantes
No podemos esperar caridad corporativa. El informe exige regulación estricta, transparencia de impacto ambiental y eliminación de subsidios tóxicos. La narrativa debe exigir un diseño institucional que priorice la vida sobre el margen de beneficio.
3. De activistas a pilares de la economía real
Durante años se tachó de anti-progreso a quienes defendían la tierra. Hoy la ciencia confirma que ellos sostienen la infraestructura vital del planeta. Cuidar la naturaleza no es romanticismo: es la mejor estrategia de supervivencia colectiva.
4. De biodiversidad a riesgo de mercado
La desproporción de inversión 30 a 1 es un suicidio económico. Plantear la crisis ecológica como un riesgo material ineludible obliga a los tomadores de decisiones a mirar la realidad: el extractivismo de hoy es la quiebra del mañana.
5. De consultas a soberanía territorial
No basta con escuchar las voces indígenas: hay que otorgar poder real. El IPBES reconoce su ciencia local. Lo que sigue es la cogobernanza, el reparto justo de recursos y decisiones vinculantes. No es solo justicia social, es eficacia ambiental.
En conclusión: el informe del IPBES no descubrió el fuego; le dio un megáfono a las verdades que el poder intentó silenciar. Su valor no es la noticia, sino la grieta que abre en la autoridad del viejo modelo económico.
En esa grieta nace una nueva historia: una donde el progreso se mida por lo que somos capaces de regenerar y no por lo que logramos extraer. Una donde los defensores de la tierra dejen de ser mártires para convertirse en los arquitectos de nuestro futuro.
La historia oficial finalmente admite el desastre. La oportunidad real es cambiar el rumbo antes de que el tiempo se agote.























