A veces me sorprende ese pensamiento, casi siempre en silencio, cuando la casa se queda tranquila y la noche empieza a ordenar los recuerdos del día: ¿y si mañana me muero? No lo digo con dramatismo. Tampoco con miedo. Más bien con una mezcla de curiosidad y una pizca de asombro. Porque uno pasa la vida entera pensando que la muerte es algo que les pasa a otros. A los viejitos, a los enfermos, a los que salen en los noticieros. Pero la muerte, silenciosa y puntual, tiene una agenda que no consulta con nadie en este mundo.
¿Y si mañana me muero? Entonces me pregunto qué quedaría de mí en RD. Tal vez algunas fotos donde aparezco más joven de lo que me siento hoy. Quizá algunas cartas, libros subrayados, objetos que guardan historias que solo yo recuerdo. Y, con suerte, unas cuantas anécdotas que mis panas contarían entre risas: “¿Te acuerdas cuando Freddy dijo…?” o “¿Te acuerdas aquella vez en el coro…?”
Al final, uno no deja grandes monumentos. Lo que queda son pequeños gestos: una palabra a tiempo, una mano en el hombro, un buen coro en un patio dominicano, una risa compartida de corazón.
También pienso en lo que no hice. Los paseos que postergué, las llamadas que dejé para después, los abrazos que di por descontados. La muerte tiene esa virtud incómoda: nos recuerda que casi todo lo importante lo dejamos para mañana.
Y, sin embargo, hay algo profundamente liberador en esa pregunta. Porque si de verdad existiera la posibilidad de que mañana no estuviéramos aquí, entonces hoy adquiere un sentido real. Hoy se vuelve urgente.
Hoy vale la pena decir “te quiero de corazón”.
Hoy vale la pena perdonar y soltar.
Hoy vale la pena reírse, incluso de uno mismo.
No sé qué hay después de la muerte. Nadie lo sabe con certeza. Algunos hablan de una gloria luminosa donde nos reencontramos con quienes amamos. Otros creen en un descanso profundo, como un sueño sin final. Y están también los que piensan que simplemente nos convertimos en memoria en el corazón de los otros.
A mí me gusta imaginar que la muerte es una puerta. No necesariamente un final, sino un cambio de habitación en la gran casa del universo. Tal vez al otro lado nos espere un silencio lleno de paz. O quizá una sorpresa que nuestra imaginación todavía no alcanza a comprender.
Pero mientras ese momento llega —mañana, dentro de muchos años, o cuando a Dios le dé la gana— aquí estamos.
Respirando.
Recordando.
Amando.
Y tal vez la verdadera pregunta no sea “¿y si mañana me muero?”, sino otra mucho más importante: ¿Estoy viviendo hoy de una manera que valga la pena recordar?
Si mañana me muero, me gustaría que alguien dijera algo sencillo: “Vivió. Y vivió con todo el pie”.























