La increíble historia de vida de Ramón Alburquerque, el ingeniero químico, intelectual, político y pilar de la democracia dominicana, quien fue un ejemplo de resiliencia desde su nacimiento.
“Pude no haberme podido criar, porque yo nací con una grave malformación en Los Haitises… de padres humildes conuqueros”.
Así empezó Ramón Alburquerque a desvelar los secretos de su vida y el vasto acervo cultural que lo erige como uno de los más grandes intelectuales dominicanos, en una reveladora conversación con la periodista Colombia Alcántara, en su programa Altanto, donde confiesa lo que pocas veces o nunca antes había compartido.
Su condición al nacer era crítica: no tenía los huesos del maxilar derecho de la cara ni los músculos, además de labio fisurado, lo que representaba un desafío gigante para su supervivencia.
Su madre lo alimentaba con leche materna, la cual debía extraerle debido a su malformación. La esperanza de vida era casi nula.
En la entrevista, narra cómo unos misioneros canadienses de la iglesia El Nazareno llegaron al país cuando apenas tenía un año y siete meses de vida, cambiando su destino.
Su madre imploró ayuda, y milagrosamente, entre los canadienses, había un médico que regresó por él, llevándolo a Canadá, donde le realizaron 14 complejas cirugías.
Con la necesidad de operarlo cada tres a cinco meses (le trasplantaron huesos en la cara), permanecieron con él en un orfanato de monjas en Quebec, Canadá. “Así fue como aprendí francés e inglés antes que el español”.
Su escudo contra el mundo: ser el más estudioso para que nadie se riera de él
Fueron esas monjas las que le inculcaron la pasión por la lectura, compartió el expresidente del Senado, en su impactante entrevista con Colombia Alcántara.
La lectura se convirtió en su “arma de defensa para ser aceptado. Ella le aconsejaba: Tú eres un niño, y estás aquí con nosotros que te queremos mucho y nunca nos vamos a reír de ti, pero los niños de la calle, en tu país (República Dominicana), seguro lo harán; por eso, si eres el más estudioso, el más dedicado, el más plenamente interesado en distinguirte, entonces no se van a reír de ti, porque nadie se ríe del mejor».
A los ocho años, Alburquerque regresó milagrosamente al país. Su madre lo creía muerto, pero no; fue traído de vuelta a su tierra natal gracias a gestiones de la embajada y la Policía.
Fue entonces cuando empezó a dominar el español y, sorprendentemente, también el alemán. Lo llevaron a un hospital en San Pedro de Macorís, donde permaneció dos años, siendo intervenido nuevamente por un médico alemán que le enseñó las primeras palabras en su lengua.
Es decir, a los 10 años fue que pisó una escuela formalmente, lo que no representó ningún retraso; al contrario, era el más brillante de la clase y avanzaba cursos sin dificultad.
El sacrificio por el saber: caminaba 14 kilómetros para llegar a la escuela
Era un niño introspectivo, según narra, y debido a la fragilidad de su rostro por las múltiples cirugías, debía ser sumamente cauteloso. A pesar de todo, cada día recorría unos 14 kilómetros para ir a la escuela.
En 1957 fallece su padre, y la madre decide trasladarse a Santo Domingo con él y sus otros hermanos, enfrentando grandes precariedades económicas en los alrededores del concurrido mercado nuevo de la avenida Duarte.
Alburquerque confiesa que no suele hablar de ese tema. “Creo que es la primera vez que lo cuento, pero no es que quiera ocultarlo, sino que… eso fue lo que me tocó, a cada ser humano le toca una parte y tiene que vivirla y la vive».
La entrevista fue un fascinante recorrido por toda su vida, desde sus estudios superiores en el país y el extranjero, hasta los influyentes puestos que ocupó en el Estado: secretario de Economía, Planificación y Desarrollo, expresidente de la Refinería Dominicana de Petróleo, entre otros.
Además, se destacó en su brillante trayectoria política en el Partido Revolucionario Dominicano, llegando a ocupar la presidencia de esa emblemática organización y, posteriormente, en el Partido Revolucionario Moderno.























