“El que mucho habla, mucho yerra” (Proverbios 10-19). Esta frase encapsula perfectamente lo que sucede cada lunes en La Semanal con la Prensa, el formato ideado por el presidente Luis Abinader. Lo que prometía ser un ejercicio transparente para rendir cuentas al país, se ha transformado en una vitrina de exposición arriesgada, con respuestas improvisadas y un desgaste político evidente.
Lo que debería ser un informe de logros gubernamentales, ahora genera titulares por lo opuesto: los patinazos verbales, las caras de incomodidad, las preguntas fuera de lugar y las declaraciones que se prestan a mil malas interpretaciones.
No es sorpresa que, tras más de dos años, lo que se vuelve viral después de cada «Semanal» no son los proyectos o las obras, sino los momentos tensos, los errores y las contradicciones.
Aunque el presidente Abinader es un líder preparado y con buena oratoria, La Semanal lo debilita más de lo que lo potencia. Ante una prensa que, lógicamente, busca la noticia, el mandatario termina abordando temas que no le atañen, ofreciendo datos imprecisos o que deberían ser respondidos por un ministro.
Su propio lenguaje corporal es un delator: la mirada evasiva, esa respiración profunda, o ceder la palabra a otro funcionario. Señales claras de que este espacio, en vez de proyectar fortaleza, expone su vulnerabilidad.
No se trata de silenciar a la prensa ni de «blindar» al jefe de Estado. El punto es cuidar la imagen presidencial y evitar que un formato para informar se convierta en un campo minado donde cada palabra puede volverse un arma en su contra.
Los periodistas, por su naturaleza, siempre buscarán el ángulo que genere más «clicks». Es el gobierno quien debe manejar los canales, los momentos y los enfoques.
El verdadero problema no son las preguntas picantes, sino el desorden de la estructura. La Semanal ha olvidado su propio protocolo. Las normas de orden y pertinencia de las preguntas han desaparecido. Lo que debería ser un encuentro planificado, hoy es pura improvisación donde cada medio busca su «titular viral», sin importar la coherencia del tema.
Peor aún: el presidente, confiado en sus asesores, ha soltado datos que son rápidamente desmentidos o refutados por la oposición. En comunicación política, esto es un error imperdonable. Ningún líder puede permitirse cometer «gafes» constantemente frente a las cámaras. En la era digital, un error no muere: se viraliza en clips, en memes, en ataques.
Y aquí está el meollo del asunto: La Semanal ya no es un espacio transparente, sino una peligrosa «vitrina de exposición». Nadie parece preocuparse por la imagen presidencial. Nadie advierte que no todo debe salir de la boca del presidente; hay temas técnicos, legales o estadísticos que no admiten improvisación. Y cuando, por pura incomodidad, se recurre a comparar con gobiernos anteriores, el efecto es nefasto. A cinco años de gestión, seguir «mirando para atrás» suena a que todavía estamos en campaña.
El filósofo Séneca decía: “ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige”. No todo espacio «abierto» es automáticamente efectivo; la estrategia, la prudencia y el cuidado del símbolo presidencial son claves.
Abinader no necesita más micrófonos, necesita más estrategia. En política, como en la vida, a veces el silencio es más elocuente que mil ruedas de prensa. Y cuando la palabra presidencial se vuelve una rutina semanal, su impacto, su valor y su autoridad se diluyen.























