El economista y alto dirigente del PLD, Juan Temístocles Montás, desnudó la cruda realidad de la evolución de la relación política entre los expresidentes Leonel Fernández y Danilo Medina, y explicó cómo, con el paso de los años, esa dinámica terminó por colapsar la unidad del proyecto del Partido de la Liberación Dominicana (PLD).
Montás, quien junto a Fernández y Medina fue uno de los tres actores centrales en la gestión peledeísta que condujo al país entre 1996 y 2000, reveló el verdadero origen de las tensiones entre los dos líderes, los instantes clave de la ruptura y las implicaciones políticas y administrativas que dejaron cicatrices profundas en la gobernabilidad dominicana.
“Hubo un tiempo en que éramos un equipo imbatible”, recordó Montás. “Leonel, Danilo y yo compartimos responsabilidades que permitieron ejecutar políticas públicas y poner en marcha proyectos que transformaron la infraestructura y los servicios. Eso es innegable”. Sin embargo, añadió, la convivencia política, y con ella la cohesión del PLD, se desmoronó cuando la gestión del poder dejó de ser percibida como una construcción colectiva y pasó a administrarse por lógicas de intereses personalistas y de poder absoluto”, afirmó al ser entrevistado por el periodista Pablo McKinney en su programa sabatino para Color Visión,
Montás ubicó el inicio de la fisura mortal de la unidad en un conjunto de decisiones y prácticas que, superpuestas en el tiempo, terminaron por establecer guerras internas y silenciar espacios de deliberación. “No fue un solo evento, sino una concatenación: nombramientos pautados por lealtades inmediatas, una creciente centralización en la toma de decisiones y la disminución de la deliberación partidaria”, afirmó. Según explicó, esos factores generaron descontento y desconfianza en distintos niveles del partido y del aparato estatal, fomentando el nacimiento de facciones rivales y tensiones explosivas que con el tiempo se hicieron inaguantables.
El economista señaló que, durante los períodos iniciales, la relación entre Fernández y Medina estuvo marcada por una alianza clave y por la articulación de visiones de gobierno que permitieron llevar adelante programas que cambiaron el país. “En los noventa trabajamos con claridad: prioridades, equipo técnico, metas. Hubo una época de construcción colectiva que produjo resultados”, recordó Montás. Mientras recordaba los años entre 1993 y 1995, en los cuales, Fernández por un lado y Danilo Medina y él por el otro, discutían porque tanto Medina y Leonel, se negaban a ser candidatos, insistiendo en que el otro debía serlo.
Recordó que para entonces, ya Leonel era un dirigente estelar en el PLD, pero sin la conexión auténtica con las bases peledeísta que sí tenía Danilo Medina, para entonces, presidente de la Cámara de Diputados. Contó cómo, con el paso de los años, esa relación transitó hacia una dinámica en la que los intereses personales y la sed de control impuso su ley decisivamente en la selección de cuadros y en el manejo de los fondos públicos.
Montás fue explícito al afirmar que el acaparamiento total del poder y la creación de emporios de influencia terminaron por desgastar la legitimidad interna del liderazgo. “Cuando la distribución del poder deja de responder a criterios técnicos y políticos de largo plazo, y responde más a estructuras clientelares o favoritismo personal, la cohesión se convierte en fachada”, expresó, para añadir que esa fachada permitió la gestión de grandes obras y programas, pero que también abrió espacios para prácticas que destruyeron la confianza pública sobre transparencia y eficiencia.
La ruptura explosiva, según el exfuncionario, se manifestó en varios niveles: guerras por candidaturas, confrontaciones sobre prioridades presupuestarias, y la incapacidad para sostener consensos en reformas estructurales necesarias para modernizar la economía. “Las tensiones internas terminaron paralizando la capacidad del PLD para impulsar cambios que requerían acuerdos amplios; en muchos casos se optó por soluciones parciales que ignoraban los problemas reales”, señaló.
Montás reconoció la responsabilidad compartida de los protagonistas en los logros históricos de la etapa 1996-2000, cuando la coordinación entre líderes del PLD permitió resultados significativos en infraestructura, estabilidad macroeconómica y programas sociales. “Ese legado existe y fue producto del trabajo conjunto de Leonel, Danilo y de equipos técnicos en los que participé. No pretendo borrarlo; lo defiendo”, dijo. No obstante, añadió que asumir esa responsabilidad histórica obliga también a reconocer errores posteriores y a analizar cómo ciertas prácticas ocultas fueron corrompiendo la calidad del gobierno y del partido.
Montás describió puntos críticos de ruptura política que dispararon la desconexión interna: la gestión de nombramientos claves sin suficiente consenso; la manipulación de decisiones administrativas para recompensar fieles; y la acumulación de episodios que pisotearon la confianza entre sectores del PLD. “La política interna se convirtió en una jaula de oro, y esa cerradura encerró también la capacidad de autocrítica y renovación”, afirmó. Sobre las consecuencias, el economista advirtió que el quiebre histórico del PLD no solo tuvo efectos partidarios sino también un daño irreparable en la gobernanza nacional. “Cuando un partido hegemónico pierde su institucionalidad, el país pierde capacidad de diseñar y sostener políticas públicas a mediano y largo plazo”, sostuvo.
En su diagnóstico, la fragilidad institucional resultante aumentó la vulnerabilidad del país frente a golpes externos y anuló el margen para implementar reformas fiscales, productivas y de transparencia. Aprovechó la conversación para hacer un llamado a la reflexión y al rescate institucional: propuso que los actores del PLD reconozcan tanto los aciertos como los errores del pasado y busquen soluciones urgentes que incluyan mayor transparencia, reglas claras para la sucesión y canales de deliberación interna que permitan reconquistar la confianza del pueblo. “El reconocimiento de responsabilidades no es castigo; es condición para recomponer la credibilidad”, señaló.
SOBRE ECONOMÍA Y DIPLOMACIA DOMINICANA EN LA ERA TRUMP Y EL TEMIDO COROLARIO
Ante la revolución global surgida a partir de las decisiones del gobierno de Donald Trump y el Corolario Trump a la Doctrina de Monroe, el exfuncionario lanzó un diagnóstico alarmante y a la vez esperanzador, mientras advertía sobre debilidades históricas del país heredadas y planteaba medidas desesperadas para blindar la nación frente a amenazas externas.
“Crecimos, sí; nos falta desarrollar”, dijo Montás en una declaración bomba de la entrevista. Reconoció que la República Dominicana ha mantenido ritmos de crecimiento imparable superiores al promedio regional en las últimas dos décadas, impulsada por el turismo, las zonas francas, la construcción y las remesas. Sin embargo, subrayó que ese crecimiento no ha beneficiado a todos por igual en aumentos de productividad ni en una diversificación del entramado productivo que elimine la dependencia de unos pocos motores económicos. Señaló a la bomba de tiempo: déficit fiscal, deuda gigante y informalidad laboral como factores que limitan el espacio de maniobra del Estado.
“Cuando la política fiscal es improvisada y dependiente de medidas temporales, quedamos vulnerables ante cualquier tempestad”, afirmó; haciendo hincapié en la necesidad de una reforma fiscal urgente y justa y la priorización del gasto público hacia inversión productiva. Además, defendió la necesidad de una diplomacia económica agresiva y estratégica: “No basta con esperar que el capital llegue; hay que construir marcos y alianzas que reduzcan riesgos, sobre todo cuando las grandes potencias reconfiguran el orden mundial”.
Propuso también la búsqueda de alianzas regionales poderosas y la consolidación de relaciones con bloques y países emergentes como escudo a la presión de decisiones unilaterales. Además de un plan de choque de medidas orientadas a blindar la resiliencia económica y la gobernanza. Entre ellas, una reforma fiscal clave y justa; la simplificación y revisión de privilegios fiscales que promueven la evasión ni la concentración de beneficios; un mega plan sostenido de inversión en capital humano para disparar la productividad; y estrategias para atraer inversión que combinen estabilidad regulatoria con garantías institucionales, y guerra abierta contra la corrupción.
El clamor por un gran pacto nacional y social sobre las reformas fue otro de los mensajes reiterados por Montás. “La sostenibilidad no se logra por decreto ni por campañas cortas; exige pactos que trasciendan ciclos electorales”, dijo, al tiempo que abogó por blindar instituciones de control y transparencia para devolver la fe a inversionistas y al pueblo.























